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"Jóvenes: Aprended a juzgar por vosotros mismos, aspirad a la independencia del pensamiento."
Andrés Bello

martes, 2 de octubre de 2007

Lecturas para 4º medio. 5: La República IV

Texto 5: La Republica IV: 227a - 432a. Las partes de la excelencia en el Estado


427a
-Y por cierto -dijo- que no es otra su tarea.
b
c-Por eso -proseguí-, yo no podía pensar que el verda­dero legislador hubiera de tratar tal género de leyes y constituciones ni en la ciudad de buen régimen ni en la de malo: en ésta, porque resultan sin provecho ni efica­cia, y en aquélla, porque en parte las descubre cualquiera y en parte vienen por sí mismas de los modos de vivir precedentes.
-¿Qué nos queda, pues, que hacer en materia de legis­lación? -preguntó.
Y yo contesté: -A nosotros nada de cierto; a Apolo, el dios de Delfos, los más grandes, los más hermosos y pri­meros de todos los estatutos legales.
-¿Y cuáles son ellos? -preguntó.
-Las erecciones de templos, los sacrificios y los demás cultos de los dioses, de los demones y de los héroes; a su vez, también, las sepulturas de los muertos y cuantas honras hay que tributar para tener aplacados a los del mundo de allá. Como nosotros no entendemos de estas cosas, al fundar la ciudad no obedeceremos a ningún otro, si es que tenemos seso, ni nos serviremos de otro guía que el propio de nuestros padres; y sin duda, este dios, guía patrio acerca de ello para todos los hombres, los rige sentado sobre el ombligo de la tierra en el centro del mundo[1].
-Hablas acertadamente -observó- y así se ha de hacer.


e
dVI. -Da, pues, ya por fundada a la ciudad, ¡oh, hijo de Aristón! -dije-, y lo que a continuación has de hacer es mirar bien en ella procurándote de donde sea la luz nece­saria; y llama en tu auxilio a tu hermano y también a Po­lemarco y a los demás, por si podemos ver en qué sitio está la justicia y en cuál la injusticia[2] y en qué se diferen­cia la una de la otra y cuál de las dos debe alcanzar el que ha de ser feliz, lo vean o no los dioses y los hombres.
-Nada de eso -objetó Glaucón-, porque prometiste hacer tú mismo[3] la investigación, alegando que no te era lícito dejar de dar favor a la justicia en la medida de tus fuerzas y por todos los medios.
-Verdad es lo que me recuerdas -repuse yo- y así se ha de hacer; pero es preciso que vosotros me ayudéis en la empresa.
-Así lo haremos -replicó.
-Pues por el procedimiento que sigue -dije- espe­ro hallar lo que buscamos: pienso que nuestra ciu­dad, si está rectamente fundada, será completamente buena.
-Por fuerza -replicó.
-Claro es, pues, que será prudente, valerosa, modera­da y justa[4].
-Claro.
428a-¿Por tanto, sean cualesquiera las que de estas cuali­dades encontremos en ella, el resto será lo que no haya­mos encontrado?
-¿Qué otra cosa cabe?
-Pongo por caso: si en un asunto cualquiera de cuatro cosas buscamos una, nos daremos por satisfechos una vez que la hayamos reconocido, pero, si ya antes había­mos llegado a reconocer las otras tres, por este mismo hecho quedará patente la que nos falta; pues es manifies­to que no era otra la que restaba[5].
-Dices bien -observó.
-¿Y así, respecto a las cualidades enumeradas, pues que son también cuatro, se ha de hacer la investigación del mismo modo?
b-Está claro.
-Y me parece que la primera que salta a la vista es la pru­dencia; y algo extraño se muestra en relación con ella[6].
-¿Qué es ello? -preguntó.
-Prudente en verdad me parece la ciudad de que he­mos venido hablando; y esto por ser acertada en sus de­terminaciones. ¿No es así?
-Sí.
-Y esto mismo, el acierto, está claro que es un modo de ciencia[7], pues por ésta es por la que se acierta y no por la ignorancia.
-Está claro.
-Pero en la ciudad hay un gran número y variedad de ciencias.
c-¿Cómo no?
-¿Y acaso se ha de llamar a la ciudad prudente y acer­tada por el saber de los constructores?
-Por ese saber no se la llamará así -dijo-, sino maes­tra en construcciones.
-Ni tampoco habrá que llamar prudente a la ciudad por la ciencia de hacer muebles, si delibera sobre la ma­nera de que éstos resulten lo mejor posible.
-No por cierto.
-¿Y qué? ¿Acaso por el saber de los broncistas o por al­gún otro semejante a éstos?
-Por ninguno de ésos -contestó.
-Ni tampoco la llamaremos prudente por la produc­ción de los frutos de la tierra, sino ciudad agrícola.
-Eso parece.
d-¿Cómo, pues? -dije-. ¿Hay en la ciudad fundada hace un momento por nosotros algún saber en determi­nados ciudadanos con el cual no resuelve[8] sobre este o el otro particular de la ciudad, sino sobre la ciudad entera, viendo el modo de que ésta lleve lo mejor posible sus re­laciones en el interior y con las demás ciudades?
-Sí, lo hay.
-¿Y cuál es -dije- y en quiénes se halla?
e-Es la ciencia de la preservación -dijo- y se halla en aquellos jefes que ahora llamábamos perfectos guardianes. -¿Y cómo llamaremos a la ciudad en virtud de esa ciencia[9]?
-Acertada en sus determinaciones -repuso- y verda­deramente prudente.
-¿Y de quiénes piensas -pregunté- que habrá mayor número en nuestra ciudad, de broncistas o de estos ver­daderos guardianes?
-Mucho mayor de broncistas -respondió.
-¿Y así también -dije- estos guardianes serán los que se hallen en menor número de todos aquellos que por su ciencia reciben una apelación determinada[10]?
-En mucho menor número.
429a-Por lo tanto, la ciudad fundada conforme a naturale­za podrá ser toda entera prudente por la clase de gente más reducida que en ella hay, que es aquella que la presi­de y gobierna; y éste, según parece, es el linaje que por fuerza natural resulta más corto y al cual corresponde el participar de este saber, único que entre todos merece el nombre de prudencia.
-Verdad pura es lo que dices -observó.
-Hemos hallado, pues, y no sé cómo, esta primera de las cuatro cualidades y la parte de la ciudad donde se en­cuentra.
-A mí, por lo menos -dijo-, me parece que la hemos hallado satisfactoriamente.

VII. -Pues si pasamos al valor y a la parte de la ciudad en que reside y por la que toda ella ha de ser llamada valero­sa, no me parece que la cosa sea muy difícil de percibir.
b-¿Y cómo?
-¿Quién -dije yo- podría llamar a la ciudad cobarde o valiente mirando a otra cosa que no fuese la parte de ella que la defiende y se pone en campaña a su favor?
-Nadie podría darle esos nombres mirando a otra cosa -replicó.
-En efecto -agregué-, los demás que viven en ella, sean cobardes o valientes, no son dueños, creo yo, de ha­cer a aquélla de una manera u otra.
-No, en efecto.
c-Y así, la ciudad es valerosa por causa de una clase de ella, porque en dicha parte posee una virtud tal como para mantener en toda circunstancia la opinión acerca de las cosas que se han de temer en el sentido de que éstas son siempre las mismas y tales cuales el legislador las prescri­bió en la educación.[11] ¿O no es esto lo que llamas valor?
-No he entendido del todo lo que has dicho -contes­tó-, repítelo de nuevo.
-Afirmo -dije- que el valor es una especie de conser­vación.
d-¿Qué clase de conservación?
-La de la opinión formada por la educación bajo la ley acerca de cuáles y cómo son las cosas que se han de temer. Y dije que era conservación en toda circunstancia por­que la lleva adelante, sin desecharla jamás, el que se halla entre dolores y el que entre placeres y el que entre deseos y el que entre espantos[12]. Y quiero representarte, si lo permites, a qué me parece que es ello semejante.
-Sí, quiero.
e-Sabes -dije- que los tintoreros, cuando han de teñir lanas para que queden de color de púrpura, eligen pri­mero, de entre tantos colores como hay, una sola clase, que es la de las blancas; después las preparan previamen­te, con prolijo esmero, cuidando de que adquieran el ma­yor brillo posible, y así las tiñen. Y lo que queda teñido por este procedimiento resulta indeleble en su tinte, y el lavado, sea con detersorios o sin ellos, no puede quitarle su brillo[13]; y también sabes cómo resulta lo que no se tiñe así, bien porque se empleen lanas de otros colores o por­que no se preparen estas mismas previamente.
-Sí -contestó-, queda desteñido y ridículo.
b
430a-Pues piensa -repliqué yo- que otro tanto hacemos no­sotros en la medida de nuestras fuerzas cuando elegimos los soldados y los educamos en la música y en la gimnásti­ca: no creas que preparamos con ello otra cosa sino el que, obedeciendo lo mejor posible a las leyes, reciban una espe­cie de teñido, para que, en virtud de su índole y crianza ob­tenida, se haga indeleble su opinión acerca de las cosas que hay que temer y las que no; y que tal teñido no se lo puedan llevar esas otras lejías tan fuertemente disolventes que son el placer, mas terrible en ello que cualquier sosa o lejía[14], y el pesar, el miedo y la concupiscencia, más poderosos que cualquier otro detersorio. Esta fuerza y preservación en toda circunstancia de la opinión recta y legítima acerca de las cosas que han de ser temidas y de las que no es lo que yo llamo valor y considero como tal si tú no dices otra cosa.
-No por cierto -dijo-; y, en efecto, me parece que a esta misma recta opinión acerca de tales cosas que nace sin educación, o sea, a la animal y servil[15], ni la conside­ras enteramente legítima ni le das el nombre de valor, sino otro distinto.
c-Verdad pura es lo que dices -observé.
-Admito, pues, que eso es el valor.
-Y admite -agregué- que es cualidad propia de la ciu­dad [16]y acertarás con ello. Y en otra ocasión, si quieres, trataremos mejor acerca del asunto, porque ahora no es eso lo que estábamos investigando, sino la justicia; y ya es bastante, según creo, en cuanto a la búsqueda de aquello otro.
-Tienes razón -dijo.

dVIII. -Dos, pues, son las cosas -dije- que nos quedan por observar en la ciudad: la templanza y aquella otra por la que hacemos toda nuestra investigación, la justi­cia.
-Exactamente.
-¿Y cómo podríamos hallarla justicia para no hablar todavía acerca de la templanza?
e-Yo, por mi parte -dijo-, no lo sé, ni querría que se de­clarase lo primero la justicia, puesto que aún no hemos examinado la templanza; y, si quieres darme gusto, pon la atención en ésta antes que en aquella[17].
-Quiero en verdad -repliqué- y no llevaría razón en negarme.
-Examínala, pues -dijo.
-La voy a examinar -contesté-. Y ya a primera vista, se parece más que todo lo anteriormente examinado a una especie de modo musical o armonía.
-¿Cómo?
431a-La templanza -repuse- es un orden y dominio de placeres y concupiscencia según el dicho de los que ha­blan, no sé en qué sentido, de ser dueños de sí mismos, y también hay otras expresiones que se muestran como rastros de aquella cualidad. ¿No es así?
-Sin duda ninguna -contestó.
-Pero ¿eso de «ser dueño de sí mismos» no es ridícu­lo? Porque el que es dueño de sí mismo es también escla­vo, y el que es esclavo, dueño; ya que en todos estos di­chos se habla de una misma persona.
-¿Cómo no?
b-Pero lo que me parece -dije- que significa esa expre­sión es que en el alma del mismo hombre hay algo que es mejor y algo que es peor; y cuando lo que por naturaleza es mejor domina a lo peor, se dice que «aquel es dueño de sí mismo», lo cual es una alabanza, pero cuando, por mala crianza o compañía, lo mejor queda en desventaja y resulta dominado por la multitud de lo peor, esto se cen­sura como oprobio, y del que así se halla se dice que está dominado por sí mismo y que es un intemperante.
-Eso parece, en efecto -observó.
-Vuelve ahora la mirada -dije- a nuestra recién fun­dada ciudad y encontrarás dentro de ella una de estas dos cosas; y dirás que con razón se la proclama dueña de sí misma si es que se ha de llamar bien templado y dueño de sí mismo a todo aquello cuya parte mejor se sobrepone a lo peor.
-La miro, en efecto -respondió-, y veo que dices ver­dad.
c-Y de cierto, los más y los más varios apetitos, concu­piscencias y desazones se pueden encontrar en los niños y en las mujeres y en los domésticos y en la mayoría de los hombres que se llaman libres[18], aunque carezcan de valía.
-Bien de cierto.
d-Y, en cambio, los afectos más sencillos y moderados, los que son conducidos por la razón con sensatez y recto juicio, los hallarás en unos pocos, los de mejor índole y educación.
-Verdades -dijo.
-Y así ¿no ves que estas cosas existen también en la ciudad [19]y que en ella los apetitos de los más y más ruines son vencidos por los apetitos y la inteligencia de los me­nos y más aptos?
-Lo veo -dijo.

IX. -Si hay, pues, una ciudad a la que debamos llamar dueña de sus concupiscencias y apetitos y dueña también ella de sí misma, esos títulos hay que darlos a la nuestra.
-Enteramente -dijo.
-¿Y conforme a todo ello no habrá que llamarla asi­mismo temperante?
e-En alto grado -contestó.
-Y si en alguna otra ciudad se hallare una sola opi­nión, lo mismo en los gobernantes que en los goberna­dos, respecto a quiénes deben gobernar, sin duda se ha­llará también en ésta. ¿No te parece?
-Sin la menor duda -dijo[20].
-¿Y en cuál de las dos clases de ciudadanos dirás que reside la templanza cuando ocurre eso? ¿En los gober­nantes o en los gobernados?
-En unos y otros, creo -repuso[21].
-¿Ves, pues -dije yo-, cuán acertadamente predecía­mos hace un momento que la templanza se parece a una cierta armonía musical?
-¿Y por qué?
432a-Porque, así como el valor y la prudencia, residiendo en una parte de la ciudad, la hacen a toda ella el uno va­lerosa y la otra prudente, la templanza no obra igual, sino que se extiende por la ciudad entera, logrando que canten lo mismo y en perfecto unísono[22] los mas débi­les, los más fuertes y los de en medio, ya los clasifiques por su inteligencia, ya por su fuerza, ya por su número o riqueza o por cualquier otro semejante respecto; de suerte que podríamos con razón afirmar que es tem­planza esta concordia, esta armonía entre lo que es infe­rior y lo que es superior por naturaleza sobre cuál de esos dos elementos debe gobernar ya en la ciudad, ya en cada individuo[23].
-Así me parece en un todo -repuso.
-Bien -dije yo-; tenemos vistas tres cosas de la ciudad según parece; pero ¿cuál será la cualidad restante por la que aquélla alcanza su virtud? Es claro que la justicia.
-Claro es.

[1] Page: 1Apolo era tenido por ascendiente de los jonios como padre de Ión; pero su oráculo de Delfos era consultado no sólo por los grie­gos («guía propio de nuestros padres»), sino por todos los hombres, como se dice después («commune humani generis oraculum», dijo Tito Livio, XXXVIII 48, 2). Según la leyenda, dos águilas lanzadas por Zeus desde los dos extremos, Oriente y Occidente, del mundo, se habían encontrado allí y precisamente en el lugar donde un cono de mármol señaló el ombligo de la tierra. Platón acepta para su ciu­dad la autoridad general en materia religiosa.
[2] Cf. 369a. Platón no parece incluir en su ciudad ideal la perfec­ción absoluta de todos sus ciudadanos; caben, sin duda, en ella im­perfecciones individuales. Por otra parte la injusticia sólo puede ser definida en relación con la justicia.
[3] Cfr. supra, 368c.
[4] Es la primera vez que aparece enunciada y explicada la doctri­na de las cuatro virtudes cardinales si entendemos por tales aquellas cuyo conjunto forma la perfecta bondad. Es imposible saber si esta doctrina fue tomada por Platón de la opinión común. Es verdad que Píndaro habla ya (N. III 74) de las «cuatro virtudes que lleva consi­go la vida humana», pero no dice cuáles sean éstas. Por otra parte, Platón parece referirse a ello como punto ya establecido de doctri­na ética, no como a una división hecha ocasionalmente en relación con las cuatro clases de ciudadanos de su estado ideal según opina­ba Schleiermacher.
[5] Se ha puesto de relieve la ingenuidad de la aplicación de este procedimiento lógico y matemático a la investigación ética. No es rara en Platón esta que nos parece extralimitación del método ma­temático, y de ello se hallarán otras pruebas en este mismo tratado; pero acaso tenga razón Shorey al suponer que Platón no se ilusiona aquí sobre el valor probativo del procedimiento y se sirve de él sólo para exponer lo aceptado y convenido por otras razones.
[6] Anuncia ya aquello que luego se va a ver (428e), que esa pru­dencia, existiendo no más que en una pequeña porción de ciudada­nos, hace prudente a la ciudad entera. Por otra parte, esta pruden­cia que aquí Platón requiere para los guardianes, ¿es una prudencia meramente política o presupone el conocimiento de la idea del bien en sí? No puede negarse que algunos toques del discurso (429c, 441 c) parecen abonar lo segundo, como reconoce el mismo Adam, aunque partidario de la opinión contraria
[7] Platón parte del concepto pitagórico de euboulía, «buen conse­jo, acierto o prudencia política», y lo distingue de los otros conoci­mientos. Esto no entraña que él se limite a reproducir esa misma concepción del saber como cualidad propia de sus guardianes (cf. nota anterior).
[8] Se entiende «la ciudad».
[9] La ciudades prudente por la prudencia de sus guardianes como el hombre es prudente por la prudencia de su razón: una considera­ción semejante se aplicará a las otras tres.virtudes en la compara­ción de las clases de la sociedad con las partes del alma individual.
[10] Esto es, un nombre correspondiente a su profesión; cf. Prot. 311e: «¿Qué nombre es el que oímos aplicado a Protágoras como el de escultor se aplica a Fidias y el de poeta a Homero? ¿Qué designa­ción de esta clase oímos de Protágoras?».
[11] El valor resulta, pues, por un lado, «constancia de la recta opi­nión sobre las cosas que se han de temer», pero, puesto que esta opi­nión es prescrita por el legislador, el valor es también obediencia; y ésta es una idea hondamente griega (recuérdense, por ejemplo, el epigrama de Simónides a los muertos de las Termópilas, fr. 92 D., y Aristót. Eth. Nic. 1129b 19-20, «también ordena la ley hacer las co­sas de valor»). Queda claro está, el valor filosófico, de más alta espe­cie, que no se basa en opinión, sino en conocimiento.
[12] Cf. Tucídides,1140, 3: «Con razón podrían ser considerados como los más fuertes de espíritu los que conocen más claramente lo que es terrible y lo que es placentero y no por ello rehúyen los peli­gros».
[13] Hay, pues, primeramente una selección de las lanas que se han de teñir y que han de ser blancas; luego una preparación de las mis­mas que sabemos consistía en impregnarlas de una solución secante para dejarlas en condiciones de absorber mejor el tinte; y por últi­mo el teñido mismo. Es clara la correspondencia de cada una de es­tas operaciones: elección de los que han de ser soldados; educación de los mismos e infusión de la opinión indeleble acerca de las cosas que deben ser temidas.
[14] Platón habla aquí especialmente del llamado nitro de Calestra o Calastra, que, según se cree, es natrón o carbonato de sosa en esta­do natural procedente de dicha ciudad de Macedonia; el segundo detersorio, que decimos en la traducción «lejía», parece ser un pre­parado hecho con aquél.
[15] Extraño parece que se habla de «recta opinión» con referencia a las bestias; ni es enteramente satisfactoria la explicación de Adam y otros que lo refieren a aquellos casos en que el animal obra obede­ciendo la recta opinión de su amo. Claro queda, sin embargo, que Platón quiere decir que el valor irracional, aunque bien dirigido, v gr., por el instinto, no merece ser considerado como verdadero va­lor. Se ha interpretado este pasaje como anticipación de Lach. 197a y sigs., lo cual es imposible según la cronología a que nos atenemos.
[16] Parece indicar con ello que el valor tal como se ha descrito, si existe en los defensores de la ciudad, hace que la ciudad sea valerosa (cf. supra, 429b) y, por lo tanto, se convierte en virtud propia suya. Menos claro resulta que Platón quiera fijar aquí el valor político como una especie de valor inferior al valor filosófico (basado en el conocimiento propio, no ya en la opinión recibida del legislador) y superior al valor sólo aparente del animal o del esclavo.
[17] Page: 3No han estado claras durante mucho tiempo la diferencia entre el concepto platónico de la templanza y el de la justicia tales como se presentan en esta parte de La república, con lo que la distinción apa­recía afectada de redundancia. Un estudio más estricto y detenido ha llevado a un mejor conocimiento de la mente del autor en la ma­teria. Ciertamente que la sophrosyne no es definida siempre por él del mismo modo: el concepto común griego de esta cualidad quedó ya visto (389d-e) y entraña subordinación a la autoridad legítima y dominio de los apetitos. Ambas notas aparecen aquí elevadas a más alta significación. Pero Platón halla a primera vista una paradoja en aquello de «ser dueño de sí mismo» y explica su verdadero sentido.
[18] Pero que no lo son en realidad, pues se hallan esclavizados a sus malos deseos: esta falta de libertad del hombre intemperante será tema favorito de la filosofia posterior. Por lo que se refiere a las mu­jeres, Platón las considera en general menos capaces que a los hom­bres del dominio sobre las pasiones, pero la diferencia no es nada radical pues, por un lado, los hombres sólo en minoría son tempe­rantes, y además de las mujeres hay algunas que lo son, puesto que se les permite ser guardianas de la ciudad.
[19] Conclusión equivalente a la del capítulo anterior; cf. nota a 430c.
[20] Véase, pues, que la templanza hace ala ciudad dueña de sí mis­ma, dominadora de los placeres y deseos y concorde en la opinión de gobernantes y gobernados sobre el problema del mando.
[21] Aristóteles y otros parecen haber profesado, contra lo que aquí dice Platón, que la sophrosyne, pues entraña sumisión, es la virtud propia de las clases inferiores; pero, entendida en su más alto senti­do, deben tenerla también los gobernantes, ya que incluye la buena disposición de cada cual en el desempeño de su función, y ésta está subordinada al bien del conjunto.
[22] En todo este párrafo se mezcla lo recto (armonía musical) con lo metafórico (concordia de la ciudad) de manera que no puede re­producir la traducción: diá pasón en sentido musical significa pro­piamente «a octava»; pero como el acorde de octava era considera­do por los griegos como el más perfecto, fácilmente confundible al oído con el unísono, es claro que aquí se quiere indicar la más per­fecta concordia de opinión entre las clases de la sociedad. No ha­biendo, por lo tanto, más que dos notas musicales, es imposible se­guir extendiendo la semejanza a los tres grupos de ciudadanos de que después se habla.
[23] Aunque esta definición de la templanza no incluye sino el últi­mo carácter señalado en ella, es claro que supone los otros dos: do­minio propio, esto es, de lo mejor sobre lo peor, y dominio sobre los placeres y deseos, porque sólo en ellos puede haber acuerdo presu­puestos la prudencia y el valor. Así resulta que la templanza es en la ciudad virtud general de todos los ciudadanos, mientras que los guardianes auxiliares han de poseer también el valor; y los gober­nantes, estas dos virtudes y la prudencia. De ese modo, cada clase tiene una virtud propia y diferencial.

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